Aldous Huxley
Innecesaria
De esencia vacía
Así somos todos: un vacío inmenso. No somos nada, por mucho
que te creas.
Un nada que necesita de todos. Pero un nada, en definitiva.
Un vacío repleto de cosas prestadas, de gente que pasa y de huellas borradas. Quién
eres cuando todo cambia y solo tú permaneces. Quién eres. Sólo, todo lo que
fuiste. Una deuda con patas que debe sonrisas, placeres, locuras y abrazos. ¿Pretendes
quedártelo? Devuelve lo que te dieron. A otros, pero devuélvelo. Todos están
vacíos. Todos estamos vacíos.
Echar de menos pervive dibujado en nuestras entrañas, pues
todos fueron, pero no todos están. Tu
sonrisa no te pertenece. Es de quien te la regalo primero, así que escúpela al
primero que pase. Tus lágrimas tampoco. Fueron de quien te las secó. ¿Tus
manos? Trazos de caricias que paran el suelo cuando caes. ¿Tuyas? No. De quien
respira por ellas. Sal a buscar dueños. Y pregunta también por quienes
allanaron tu camino con sus pies. A ellos también les debes mucho.
No somos nada. Cierto. Pero podemos ser de todos.
Soy y eres un trocito que regalarán. Nada más. Y nada menos.
Tener clase
No depende de la posición social, ni de la educación
recibida en un colegio elitista, ni del éxito que se haya alcanzado en la vida.
Tener clase es un don enigmático que la naturaleza otorga a ciertas personas
sin que en ello intervenga su inteligencia, el dinero ni la edad. Se trata de
una secreta seducción que emiten algunos individuos a través de su forma
natural de ser y de estar, sin que puedan hacer nada por evitarlo. Este don
pegado a la piel es mucho más fascinante que el propio talento. Aunque tener
clase no desdeña la nobleza física como un regalo añadido, su atractivo
principal se deriva de la belleza moral, que desde el interior del individuo
determina cada uno de sus actos. La sociedad está llena de este tipo de seres
privilegiados. Tanto si es un campesino analfabeto o un artista famoso,
carpintero o científico eminente, fontanero, funcionaria, profesora,
arqueóloga, albañil rumano o cargador senegalés, a todos les une una
característica: son muy buenos en su oficio y cumplen con su deber por ser su
deber, sin darle más importancia. Luego, en la distancia corta, los descubres
por su aura estética propia, que se expresa en el modo de mirar, de hablar, de
guardar silencio, de caminar, de estar sentados, de sonreír, de permanecer
siempre en un discreto segundo plano, sin rehuir nunca la ayuda a los demás ni
la entrega a cualquier causa noble, alejados siempre de las formas agresivas,
como si la educación se la hubiera proporcionado el aire que respiran. Y encima
les sienta bien la ropa, con la elegancia que ya se lleva en los huesos desde
que se nace. Este país nuestro sufre hoy una avalancha de vulgaridad
insoportable. Las cámaras y los micrófonos están al servicio de cualquier mono
patán que busque, a como dé lugar, sus cinco minutos de gloria, a cambio de
humillar a toda la sociedad. Pero en medio de la chabacanería y mal gusto
reinante también existe gente con clase, ciudadanos resistentes, atrincherados
en su propio baluarte, que aspiran a no perder la dignidad. Los encontrarás en
cualquier parte, en las capas altas o bajas, en la derecha y en la izquierda.
Con ese toque de distinción, que emana de sus cuerpos, son ellos los que
purifican el caldo gordo de la calle y te permiten vivir sin ser totalmente
humillado.
Manuel Vicent
El hombre
Conócete entonces a ti mismo, no supongas que Dios se ocupará;
el hombre es el objeto de un correcto estudio de la humanidad.
Ubicado en ese istmo de un estado intermedio, un ser oscuramente sabio y groseramente grande:
con demasiados conocimientos para el escepticismo,
con demasiadas debilidades para el estoicismo,
allí se balancea, vacilando entre la acción y el reposo;
sin saber si considerarse Dios o bestia;
dudando de si cuerpo o mente preferir;
nacido apenas para morir, y racional apenas para errar;
igualmente ignorante su razón, sea porque piensa poco o demasiado;
caos de pensamiento y pasión, todo confundido;
aún responsable de engaños y desengaños;
creado tanto para erguirse como para caer;
gran señor de todas las cosas, y sin embargo presa de todas ellas;
único juez de la verdad, enredado en errores interminables;
gloria, broma y enigma del universo.
Alexander Pope
el hombre es el objeto de un correcto estudio de la humanidad.
Ubicado en ese istmo de un estado intermedio, un ser oscuramente sabio y groseramente grande:
con demasiados conocimientos para el escepticismo,
con demasiadas debilidades para el estoicismo,
allí se balancea, vacilando entre la acción y el reposo;
sin saber si considerarse Dios o bestia;
dudando de si cuerpo o mente preferir;
nacido apenas para morir, y racional apenas para errar;
igualmente ignorante su razón, sea porque piensa poco o demasiado;
caos de pensamiento y pasión, todo confundido;
aún responsable de engaños y desengaños;
creado tanto para erguirse como para caer;
gran señor de todas las cosas, y sin embargo presa de todas ellas;
único juez de la verdad, enredado en errores interminables;
gloria, broma y enigma del universo.
Alexander Pope
Paradoja
"Esa es una paradoja de la cultura occidental: la extrema dificultad para conocer al Otro junto a la extrema creatividad para inventarlo"
Roger Bartra
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